viernes, 30 de octubre de 2009

Impresión

Estaba sentada frente a la ventana desde la cual le gustaba contemplar el paisaje. Frente a ella había algo poco común, ya que en un primer plano se veían girasoles, rosas blancas y tulipanes de todos los colores, en un segundo plana un campo de trigo con cipreses y en un tercer plano, al fondo del paisaje, montañas cubiertas de árboles justo detrás de un río, todo esto bañado con la luz plateada del sol.

Su piel era blanca, su cabello tenía el color del ocaso, sus ojos eran color aceituna, sus labios eran rojos, no muy gruesos pero no muy delgados, y su esencia era el fuego que brillaba y ardía con más violencia que todos los demás.

Esa tarde en particular, tenia en sus manos una carta que venía de lejos. Una carta cuyas palabras parecían tener elocuencia, pero que escondían sentimientos que se contradecían a través de cada una de ellas. Una carta que unas veces no tenía sentido y otras estaba lleno de él. Ella la leía, cerraba los ojos, suspiraba, la doblaba, la desdoblaba y la volvía a leer minuciosamente. Era una carta que no entendía o mejor dicho que hacía todo lo posible por no entender. “Es sencillo –empezaba la ultima línea de la carta- simplemente te detendrás y sabrás que yo estuve ahí.” Volvió a cerrar los ojos y se quedó así largos e casi interminables minutos, pensando en lo que estas palabras habían querido decir, y sin darse cuenta, dejo caer aquella carta al suelo.

Abrió los ojos, ya había anochecido. Su mirada se perdió en algún lugar del paisaje aunque su conciencia seguía recordando aquellas palabras tantas veces leídas y que ahora yacían en el suelo. Estuvo así exactamente un minuto antes de volver plenamente en si y se dió cuenta de que la luna llena y las estrellas iluminaban ahora aquella imagen que tanto le gustaba. Ella nunca había visto tal cosa, ya que de noche no solía estar en ese lugar. Aquello la hizo quedar completamente fascinada y deseó quedar atrapada en ese paisaje por el resto de sus días.

Después de unos instantes de estar inmersa en la fascinación que aquello le provocaba y sin pensarlo murmuro “no cabe duda de que lo que importa nunca ha sido la descripción de una impresión, sino el sentimiento provocado por esa impresión, ahora sé que eso es en realidad la belleza”.

En ese momento se levantó, se paró al pie de la ventana y lentamente se desvaneció…
p.st

domingo, 11 de octubre de 2009

Una Visión

Ahí estaba, desnuda, recostada sobre la cama. El color de su piel contrastaba violentamente con el vivo color rojo del edredón que cubría la cama. A través de la ventana entraban los últimos rayos de sol, los cuales lograban que las blancas paredes de la habitación se tornaran, por unos instantes, rojas. Ella permanecía ahí, inmovil, inerme a los gritos del silencio, inundada del rojo que llenaba y saciaba el hambre de su espíritu y de su alma. Su piel parecía absorber aquel vivo color, haciendo que cualquiera que observara aquella sublime escena por primera vez, pudiera llegar a pensar que ella se estaba empezando a consumir en las llamas del fuego de la belleza y del deseo que exhalaba en ese momento cada poro de su piel.
El tiempo parecía avanzar un poco mas lento que de costumbre, el sol parecía haberse quedado suspendido en el cielo, observando aquella escena que él mismo provocaba, y que parecía extasiarle de alguna u otra manera. Ella seguía ahí, ajena a todo lo que desencadenaba a su alrededor, como si la euforia y la fascinación no existieran.
Poco a poco, el sol retomó resignado su camino regresando a la normalidad, ella seguía ahí desnuda sobre el rojo, llenándo una visión. Las paredes había recobrado su color original, y ahora brillaban, por la ventana el sol por fin se había escondido, dejándole su lugar a la luna llena.
La luna llena no hizo mas que darle un matiz diferente a su belleza, iluminando sutilmente su desnuda y exquisita figura, e inmortalizándola en mi memoria.
Y ella, una vez más, y sin saberlo, llenaba la visión de un pobre explorador de estrellas, un pobre lunático, soñador y admirador del rojo.
p.st.